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Aquel hombre vulgar hab�a estado tramando aquel vulgar plan durante los �ltimos cuatro vulgares a�os. Cuatro largos a�os pendientes del no tan vulgar jefe, de la vulgar�sima mujer, de la inclasificable suegra... y de los hijos, vulgares astillas de un vulgar palo. Cuatro a�os de sufrimiento para un sufrido ser que hab�a sido concebido para eso, y del que este servidor de ustedes tan s�lo pudo concebir, a modo de epitafio, esta vulgar historia. Cuatro a�os... s�, cuatro largos a�os ejerciendo de m�rtir sin vocaci�n, sin el m�s m�sero atisbo de esperanza. Sin embargo, por alguna extra�a raz�n biol�gica o del socorrido destino, hab�a llegado la hora del cansancio... y una ocasi�n. Ya de nada le sirvi� que su primog�nito, envalentonado, "s�lo" hubiera suspendido la mitad de las asignaturas. Ni siquiera la estimable mejora en el trato dispensado por su amant�sima se�ora, que llevaba tres incre�bles d�as qued�ndose en pobres "imb�cil, m�s que imb�cil" cuando cruzaba furtivamente por delante de la televisi�n. Ni siquiera se percat� que ya no era ni el cenicero ni la jarra de agua la que sal�a alegremente a su paso cuando alzaba algo parecido a una protesta, y de nada sirvi�, finalmente, que su inclasificable suegra no le hubiera confundido el nombre con el del chucho de la casa cuando le llamaba a comer. Hab�a llegado hasta tal punto de emoci�n ante la posible consecuci�n de su plan que ni siquiera se inmut� ante la en�sima desestimaci�n de aumento de sueldo en una empresa en la que a menudo le tomaban por visita. Pero, la verdad sea dicha, tampoco se trataba de un plan brillante - ya se sabe, de tal palo... -, pero hab�a que, reconocer, a fuerza de rezos y repasos, que con un poco de suerte podr�a llegar a funcionar. Lo �nico que buscaba era paz, tranquilidad... y tiempo: toda una eternidad para poder pensar en cosas realmente importantes, de esas que le llenan a uno el alma de espacio, y no de preocupaciones. En definitiva, que quer�a borrar su vulgar e insignificante figura del mapa de los humanos localizables. Pero la ejecuci�n del plan se hac�a de rogar. Informado sobre cu�l era el barrio m�s inseguro de la ciudad, parte de la idea consist�a en dejar all� aparcado su coche, con las ventanillas provocadoramente entreabiertas... y con su peque�a y vulgar persona escondida y acurrucada en el maletero, en un inocente y quiz�s desafortunado s�mil del gatito en su cesta. Y as� todos los d�as. Desde que sal�a del trabajo hasta que anochec�a. Y mientras, en casa dec�a que se le hab�a acumulado el trabajo... Total, que robaron el coche de delante, el de detr�s... robaron cinco motocicletas mientras �l estuvo all� encerrado. La suerte, perra suerte, le segu�a dando la espalda. Y la t�nica se convirti� en rutina, y la rutina en monoton�a. Y los a�os pasaron. No hab�a d�a, con lluvia � sol, invierno o verano, en el que aquel hombrecillo no pasara un m�nimo de tres horas encerrado en el maletero de su autom�vil. Dos, tres, cuatro, cinco... los a�os pasaron, pero el empe�o segu�a tercamente en pie, vivo, aunque hac�a ya alg�n tiempo que las esperanzas se iban desvaneciendo en el sumidero m�s hondo de su coraz�n. Hasta que lleg� el d�a. Amodorrado y con la cabeza apoyada en la rueda de repuesto, un seco ruido de cristales rotos le hizo volver a la realidad. Sinti� que alguien sub�a al coche y, mediante un orificio realizado al efecto, curiose� en el interior del habit�culo. Dos j�venes de cada sexo - "gamberros indecentes", como dir�a su mujer - se hallaban ya sentados. Uno de ellos manipul� h�bilmente bajo el volante, y con un r�pido suspiro de satisfacci�n dio con los cables del motor de arranque. El coche se puso en marcha a la primera y r�pidamente inici� su marcha, tomando con decisi�n la carretera de la costa, la �nica que enlazaba con la autopista. El hombrecillo sonri� y puso manos a la obra: levantando una peque�a chapa met�lica en el suelo del maletero, comenz� a manipular una serie de llaves y tuercas. Oy� c�mo uno de los j�venes, seguramente el conductor, comenzaba a quejarse de la direcci�n, despu�s de los frenos... y se apresur� en su tarea. Aflojando un �ltimo tornillo, volvi� a sonre�r. Ahora lo hab�a conseguido: saltar�a justo antes de que el descontrolado coche de despe�ara por el acantilado; no estaba muy seguro de que el embravecido mar hiciera el favor de devolver el coche sin los cad�veres... pero ya daba igual. Lo importante es que ahora s� tendr�a tiempo para �l: �ahora ser�a libre!. ... pero hab�a calculado mal. Cuando abri� el maletero, el coche ya se encontraba volando, arrullado suavemente por la brisa marina, el motor girando libre y un par de desgarrados gritos... Y el hombrecillo cerr� sus ojos. "�Y qu�?", pens�, y por tercera vez en aquel d�a, volvi� a sonre�r... Trescientos metros m�s abajo, en la parte m�s escondida y fustigada del acantilado, el coche se estrell� violentamente contra las rocas, estallando y hundi�ndose, tras rebotar unas cuantas veces, en las g�lidas aguas del mar. Ahora s�. Lo hab�a conseguido. Ahora tendr�a tooooooda una eternidad de paz, sosiego, descanso, tranquilidad, para retozar sin m�s sobre s� mismo y encontrarse de una vez por todas. Porque su vida fue vulgar y de todos... pero su muerte fue espectacular... Y suya propia.
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