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El otro día tuve un sueño extraño. Uno de esos sueños tan cercanos y reales que incluso puedes llegar a recordar olores y sensaciones muy concretas, en los que incluso puedes llegar a creerte consciente dentro de la propia inconsciencia. Soñé que me encontraba en un salón de luz confusa pero intensa, quizás excesiva, huérfano de columnas y creo incluso de paredes... pero con varias sillas dispuestas sin orden ni concierto aparente. Y en cada una, alguien sentado. Todas y cada una de aquellas personas miraba al suelo, con la postura alicaída y vencida, envueltos en aura de clara e infinita tristeza. Dueño de mis sentidos, reconocí que no era melancolía, sino tristeza, pena en el más amplio y literal sentido de la palabra, y me dispuse a dejar correr el sueño. Y así, soñé que caminaba entre aquella gente, y que lo hacía sin andar, dando esos pasos que en los sueños se asemejan más a un suave levitar en el aire que a otra cosa, como imitando el cadencioso trote de un caballito de agua. Y no había sonidos de ninguna naturaleza, ni susurros que delataran ni siquiera mi presencia ni movimientos; simplemente parecía que estaba, que estábamos, en el mismísimo interior de una campana de vacío. Creo recordar que en mi sueño también había una puerta, aunque no estoy completamente seguro. O quizás no fuese más que un simple marco inserto en una de las inexistentes paredes... pero, qué extraño, no daba la impresión de estar en absoluto fuera de lugar. También recuerdo que la puerta estaba entreabierta, tentando a mi imaginación, dejándola adivinar a través de su escaso resquicio una alegría exterior que contrastaba fuertemente con el entristecido ambiente en el que me encontraba. Pero no era un sueño normal, no. Yo comenzaba a sentirme algo más que el mero espectador de aquella angustiada y angustiosa escena; poco a poco, sin apercibirme en un principio, empecé a sentir en el interior de mi corazón una intensa e inquietante desazón, como si mi alma no pudiese substraerse del dolor de aquellos seres que me acompañaban y decidiese, por su cuenta, unirse a ellos. No era un sueño normal, no... daba la impresión de que todos mis sentimientos me acompañaban en aquel sueño, como si quisieran compartir algo que era de todos. Sin embargo, para cuando pude darme cuenta, me hallaba ya sumido en un estado de embriagadora tristeza cuya razón, con todo, no podía entender. Fue entonces cuando vi la silla. Parecía haber salido de la nada, ya que en un principio me había parecido ver a todas ocupadas. Y entonces comprendí que aquella silla no era una silla cualquiera. Era LA MÍA. Lo sabía, lo sentía. Aquel simple mueble estaba allí para que yo me sentase sobre él. Y con el entendimiento vino la anticipación por hacerlo, por sentarme y hundir la cara entre mis manos. Porque ya sólo quería llorar, sentarme en la silla... Pero no lo hice. Alguna bendita parte de mi alma me detuvo e invitó a recapacitar, a pensar en todas aquellas personas, sentadas, allá en sus sillas, con la cara entre las manos, la desdicha como única compañera y la pena inundando sus corazones. Al fijarme en ellos, me daban la impresión de estar presos, aunque no sabría decir cómo ni porqué. Volví a mirar a mi silla. Ya no quería sentarme en ella, porque ahora la odiaba, porque ahora comenzaba a entender algo, a comprender que aquella silla era la más dura de las cárceles del espíritu: la resignación. Y suspiré. Suspiré profundamente, buscando ventilar todos mis rincones, y volviéndome sobre la persona más cercana, le palmeé el hombro. Levantando la cara, mi primer contacto me contempló con la mirada más triste que uno se pueda imaginar. Una mirada en la que se podía leer perfectamente, como en un libro abierto, todo el dolor que un alma resignada puede sentir ante el continuo acoso de la tristeza. Y vi algo más: unos ojos que querían, que necesitaban llorar... pero que no podían. Y a mí vino la pena, con furia e intención. Un angustioso nudo comenzó a atenazar mi garganta, mientras un extraño lastre me empujaba a apartarme de aquel ser. Pero ya había empezado ya a cogerle la inercia a un entendimiento que seguía mostrando, aunque lentamente, la claridad de un sueño aparentemente gris y sin sentido. Y vi que aquel lastre que un principio no pude identificar no era otra cosa que la enfermedad de la indiferencia. Y luchando contra ella misma, contra mí mismo, conseguí abrir la boca y hablar con una voz que, aunque mía, me sorprendió por la forma inesperadamente suave y dulce con que formuló una de las preguntas más fáciles que se pueden hacer: - ¿Qué te pasa? Clavándome rápidamente su mirada, sintiendo cómo su aura de tristeza comenzaba a palidecer, aquel hombre había reaccionado como un auténtico resorte humano. Repetí la pregunta, buscando una razón para una tristeza en visible fuga de aquel ser cuando terminé. - Nada... ya nada. Profundamente relajado, aquel hombre se levantó y encaminó sus pasos hacia la extraña puerta. Una vez allí se volvió, y dedicándome una sonrisa, murmuró unas imperceptibles gracias y la cruzó rápidamente. Repetí la misma operación con las restantes personas de aquella habitación. Y todas experimentaban lo mismo: un fuerte alivio, una liberación total de toda clase de tristeza. Y después se levantaban, me agradecían algo con la voz del corazón - esa debía ser - y acto seguido me lanzaban una sonrisa justo antes de traspasar la puerta. Hasta que sólo quedó uno. Me resultaba muy familiar la figura de aquel ser. Había algo en él que llamaba poderosamente mi atención, así que, acercándome, le palmeé la espalda y observé cómo su cara se alzaba hasta que nuestras miradas se encontraron... y el miedo asoló mi alma. Mi corazón dio un vuelco y mi reloj interno, mi pulso con el tempo de aquel sueño se paralizó. Porque aquella persona... aquella persona era yo. Y porque aquella persona era un anciano. Con todas las arrugas del roce con la vida y el dolor... pero con los mismos ojos, la misma mirada. Era yo, maldita sea, y me aterraba la idea de pensar cuánto tiempo llevaba allí, sin que nadie le escuchara - me escuchara -, perdido quién sabe por qué mundos. Sentía miedo, mucho miedo, porque era yo, y porque me veía sentado, humillado, encerrado en la silla de la resignación. Aquel anciano se estaba muriendo de pena... y yo con él. Tenía que preguntarle qué le pasaba. Tenía que liberarnos. Así que le tomé de la mano y le llamé por su nombre: mi nombre... - ¿Te pasa algo? ¿Me lo puedes contar? Y el anciano sonrió. Pero no con esa sonrisa común que viene de la mente, sino con una sonrisa tan sincera como todas las que nacen en el corazón. Además, cómo no, era la mía, y por primera vez en aquel sueño... yo también sonreí. El anciano se levantó y dirigió hacia la puerta. Una vez allí, se volvió durante un instante para lanzarme una última mirada antes de atravesar aquel extraño marco. Y entonces mi sonrisa se tornó en horror. Ahora estaba solo... con la vacía compañía de la tristeza. Es decir, completamente solo. Ahora no había nadie, no quedaba nadie que me pudiera liberar. Y mientras, pude ver - o quizás presentir - cómo mi silla se acercaba cómplicemente y se colocaba a mi lado. Volví a sentirme igual que al principio. Incluso peor. Estaba triste... y solo. Mi alma, que yo sentía herida, se marchitaba por momentos. Pensándolo bien, aquella silla ya no se me antojaba como una cárcel. Ahora quería sentarme en ella para hundir la cara entre mis manos. Así que, mientras la miraba, sentí aquella rebelde parte de mi alma aplastada y batiéndose en torpe retirada ante el oscuro avance de la soledad total. Resignado, finalmente vencido, fui a sentarme... pero una mano me lo impidió. Pero una mano cualquiera, sino especial... porque era la mía: el anciano había vuelto sobre sus pasos. - Y a ti... ¿te preocupa algo? ¿Porqué no me lo cuentas? Y sonreí. Sonreí con la alegría del niño al que finalmente quieren escuchar. Ya no me sentía triste. Comenzaba a ver mis problemas, pero también a alguien con quien compartirlos, alguien que me podía escuchar simplemente porque así lo deseaba y que, aunque se trataba de mí mismo, tenía otra perspectiva y quería participar conmigo de mis dudas, anhelos... alegrías y miserias. Y comprendí que estar solo no significa necesariamente estar completamente solo. Sin embargo, aún no me sentía bien. No estaba completamente solo, pero quería hablar con alguien más... diferente. Contar historias a quien no las conociera, saber el porqué de todo eso que muestra distintas soluciones a distintos puntos de vista. Y, por segunda vez, el anciano me habló: - Cruza la puerta. Al otro lado tienes a la persona con la que tu alma quiere hablar... No necesitaba más. Corrí sin pensármelo dos veces hacia la puerta, sintiendo cómo mi todo mi ser latía de anticipación y ansia de conocer. Abrí del todo la puerta... Realmente es un coñazo bananero eso de levantarse todos los días a las 6 de la mañana para ir a la Universidad. Ya, ya sé que el despertador no sueña, y que ni siquiera Freud pudo llegar a garantizar la sesión continua de los sueños (sobre todo si conseguimos acordarnos de ellos). Tampoco quiero hacer baratos análisis oníricos sobre el tema, porque me queda muy a trasmano, pero no puedo evitar lanzar un doloroso quejido cuando me acuerdo de lo cerca que estuve de llegar a conocerme del todo, de lo próximo que estuve de conocer a quien me esperaba al otro lado de la puerta. Sé que a lo largo de mi vida me acordaré de esto en repetidas ocasiones. Cada vez que alguien nuevo se acerque a mí y quiera conocerme un poco mejor, estoy convencido de ser asaltado la duda - ¿será ella? - pero muchas veces pierdo la ilusión y pienso que quizás sea mejor así, y que en realidad el Ser Humano está en cierto modo condenado a no entenderse completamente, ni siquiera consigo mismo, y que nuestro horizonte no pase de ser una lejana esperanza en forma de puerta huérfana de pared que esconda provocadoramente nuestro yo más gemelo y que simplemente esté ahí para que tengamos, en última instancia, una razón para mantenernos en pie. Sin más. O será, en definitiva, que el sueño no era más que eso, un sueño, y que todo esto no ha sido más que un alegre deambular, como una Alicia en fuera de juego, por el País de las Tontería.
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