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Ha sido muy r�pido. Demasiado para mis reflejos. Un claxon, un chillido de ruedas dej�ndose la goma sobre el asfalto, un grito de terror cortado, un golpe sordo y fuerte como el pu�etazo a una almohada...

Me he vuelto como activado por muelles. Varias personas se acercan r�pidamente. Alguna mujer chilla con voz desgarrada. Llueve, y lo �nico que parecen poder captar mis aturdidos sentidos es el �cido olor del suelo reci�n mojado. Un an�nimo me pone la mano en el hombro: "Un mil�metro m�s y te caza a ti tambi�n, muchacho." Pero no le hago maldito caso... simplemente porque no puedo: mi mirada no puede desviarse de la desenfocada imagen de mi amigo, tumbado boca abajo, con un brazo cruzado bajo el est�mago, de mala manera, en un charco de sangre que comienza a ser espectacular.

Empiezo a luchar contra pensamientos absurdos: "Qu� rojo m�s brillante. Ha quedado en mala postura, no saldr� bien en la foto..." Pero mi entumecida conciencia no quiere, no puede o no les sabe hacer frente, y me terminan desbordando. No s� que hacer. Siento que ni siquiera soy due�o de m� mismo, y que mi voluntad es un �rbol podado de esa rabia con la que poder lanzar una lac�nica maldici�n.

La gente comienza a arremolinarse: todos quieren ver. Pierdo de vista a mi amigo, pero a�n no me importa. Y s�bitamente, viene a mi cabeza lo �ltimo que me hab�a dicho...

No consigo moverme de donde estoy, ni s� c�mo intentarlo siquiera. Creo que no podr� abandonar esta postura en lo que me queda de vida. "Qui�n me dar� de comer?". Un polic�a se aproxima, mientras su compa�ero intenta restablecer el orden y desviar la circulaci�n. Me hace un par de preguntas. Yo le contesto incongruencias: "Me estaba hablando de un episodio d su infancia, de nuestra infancia, porque �ramos amigos, �sabe?, y no le pude avisar de que el sem�foro hab�a cambiado..." Pero no me oye. No es eso lo que le interesa, pero no insiste. Me toma del brazo y me pregunta si estoy herido. Es amable. "No, creo que no", le contesto.

Miro hacia el cielo. Ha dejado de llover. Dentro del coche patrulla, me dedico a seguir con la mirada la trayectoria de las gotas de agua que, unas con otras, parecen jugar en el cristal, uni�ndose, sum�ndose unas con otras y lanz�ndose en fren�ticos zig-zag hasta la peque�a piscina de la goma del limpiaparabrisas.

No me quedan nociones de realidad. Ya ni siquiera consigo enfocar con tino lo que tengo delante, ni acordarme a d�nde �bamos, ni porqu�. Por mi cabeza giran y giran cientos de ideas. Todo parece un sue�o, una pesadilla. Por un momento, creo o�r de nuevo la grave de mi amigo: "Me gustan estos d�as, t�o. Hay m�s luz que nunca, y la lluvia me pone infantilmente melanc�lico, me recuerda cuando era un jodido cr�o". S� a veces daba gusto escucharle, cosa poco f�cil en el marco de una amistad en la que casi todo estaba dicho.

La ambulancia acaba de llegar. Ahora me doy cuenta de que cientos de claxons y sirenas cargan el ambiente, estropeando toscamente la limpieza hecha por la lluvia. "La que has montado, colega..."

Con la ventanilla bajada, oigo los comentarios de la gente. Los comentarios de siempre. No reacciono cuando un miembro de la ambulancia tapa teatralmente la cara de mi amigo. Tan s�lo balbuceo su nombre, como si llam�ndole pudiera despertarle, y me derrito en tartamudeos: "era mi amigo, era mi amigo.."

Mi mirada se aclara y vuelve a clavarse en la oculta figura, ahora alzada en una camilla. "No tienen prisa", observa un anciano apoyado en el coche policial; "para qu�?", apunta con afectamiento su mujer.

Yo... yo siempre he cre�do que era d�bil, que un en caso de estos me deshar�a por dentro y por fuera. Pero no puedo reaccionar, y mis ojos parecen haber olvidado c�mo se llora o, al menos, c�mo se pesta�ea. "�Me habr� vuelto loco?; �Ser� un canalla, y yo sin saberlo?".

La puerta de la ambulancia se cierra. Uno de los camilleros, de muy corta estatura, se acerca al coche patrulla. "Tu eres el amigo, no? �Quieres acompa�arnos?. No le contesto; ni siquiera le miro. Encogi�ndose de hombros r�pidamente a la ambulancia. "Hey, hab�is visto al enano de la ambulancia?", a�lla un ni�o.

Giro la cabeza y la miro. "Es que hay huelga de camilleros, y estos son los servicios m�nimos", le respondo. El cr�o me mira embobado, no me ha entendido. Alguien r�e mi est�pida gracia... y yo sigo sin saber qu� hacer.

No tengo ideas. Empiezo a desesperar. De pronto, vuelve a llover. Y a medida que observo a las gotas de lluvia reanudar su despreocupado juego sobre el cristal del coche, siento la imperiosa necesidad de desahogarme. Y con la poca fuerza de voluntad que me queda, rompo a llorar con la pena del que se siente roto por dentro y repentinamente falto de algo.

"Me gustan estos d�as, t�o..."

A m� nunca me hab�an gustado, aunque jam�s hab�a sido capaz de dar razones, motivos y porqu�s como las que daba mi amigo.

Y aquel d�a, a medida que iba sintiendo c�mo mis sentidos iban recobrando poco a poco el pulso de la realidad, fui encontrando en cada esquina de mi alma una peque�a flor gris.

Una flor que aparecer�a cada d�a de lluvia para recordarme con dolor que ahora s� ten�a una raz�n, un motivo y un porqu� para odiar con rabia de ni�o ese aspecto gris y desali�ado con el que se viste el cielo cuando nos amenaza con el llanto de sus nubes.

Una raz�n que tuvo un precio: mi lamento por un d�a que nunca deb�a haber existido.

 

 

 

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�ltima modificaci�n: 20 de marzo de 2000