|
No s� si fue en otro tiempo, en otra vida, en otro sue�o o en otra crisis nerviosa de mi imaginaci�n. Ni siquiera s� si fui yo el protagonista de aquella que fue - y a�n sigue siendo - mi alucinaci�n favorita. O quiz�s debiera etiquetarla como "entreacto atemporal"... pero no s�, suena demasiado rebuscado... aunque le pegue. Si no fuera por las circunstancias de aquella escena, lo cierto es que no hubiera sido demasiado dif�cil achacarlo a alg�n inepto funcionario de mi memoria, ese que me ha traspapelado alguno de los m�s gratos recuerdos de mi infancia y al que he puesto justo precio a su neurona. Demasiado extra�o, demasiado real... y demasiado irreal; lo habr� transcrito cientos de veces, y me sale siempre algo distinto... pero con el mismo fina. Me pasa como al ni�o que hace sus primeras sumas con todos sus l�pices de colores... y siempre da con la misma respuesta pero en otro tono. Un camino. Un recodo. Un alto en ese camino que alguien dijo crearse al caminar. Todo lo que veo se materializa cuando lo miro, como pidiendo permiso para entrar en escena. Tengo la desagradable sensaci�n de formar parte del sue�o de otro. No hay contrastes; tan s�lo tonalidades de un mismo color que cambia suavemente en oleadas que van y vienen. Todo tipo de sensaciones pasan por mi alma, pero ninguna tiene lo que hay que tener para quedarse conmigo. Y en el centro de todo esto que, como ya ha quedado claro, no acierto ni acertar� nunca a definir, hay un viejo con manos de joven que me mira fijamente. Y es ahora cuando me doy cuenta de que aquello debi� haber sucedido hace much�simo tiempo, porque aquel viejo ten�a los cientos de caras que forman y han formado parte de mi c�rculo de vida: amigos, amigas, padres, hermana... incluso la m�a propia, pero que resultaban, en el teatro de aquella alucinaci�n perdida en el tiempo, absolutamente desconocidas. Releo lo escrito y me encuentro con que mi idea ha vuelto a cambiar, algo se ha salido de su cauce. Pero hay una pieza del rompecabezas que sigue encajando con obstinaci�n: aquel viejo. A veces creo que ha estado all� desde el principio de la mism�sima nada y que ah� se quedar� hasta el final del todo, cuando el �ltimo de nosotros pase por su lado y le pregunte, antes de apagar la luz, de qu� demonios se est� riendo. Recordar aquello, incluso cuando lo escribo, supone revolucionar al m�ximo el motor de mi corta imaginaci�n, lo que me libra, al menos por ahora, de caer en la locura; pero siempre guardar� el recuerdo de mi propia imagen reflejada en el semblante de aquel viejo, una imagen desconocida para aquel viajero que era yo mismo - si no dejo de escribir me volver� loco - y que s�lo acert� a hacer dos preguntas: - �Qui�n eres? - Soy la respuesta a tu pr�xima pregunta... - �Y qui�n soy yo? - Eres un punto m�s en la circunferencia de tu existencia... Y desapareci�, quiz�s en busca de otro tonto y su sue�o, no sin antes dibujar en el aire, con su joven mano izquierda, un c�rculo perfecto. Juro por las gomas de mi carpeta que de todo esto nada habr�a dicho ni mencionado si hace unos d�as no hubiera so�ado despierto que aquel viejo entraba en mi habitaci�n y me repet�a aquella se�al, para acto seguido cerrar mis ojos con una caricia y llevarme al sue�o m�s profundo, aquel que supuestamente borra el recuerdo de lo que so�amos... pero le traicion� un despertador, el m�o, que me despert�, de rebote, a esta febril locura de bolsillo. No s� si fue en otro tiempo, en otra vida, en otro sue�o o simplemente en otra crisis nerviosa de mi imaginaci�n. Ni siquiera s�... un momento, creo que esto ya lo he dicho antes... tanto hablar de c�rculos y caricias me ha arrastrado al c�rculo negro de los c�rculos viciosos de los malos escritores. Bueno, es igual, de todas formas hay una cosa de la que s� estoy angustiosamente seguro: que el bocinazo con el que mi despertador salud� a aquella fr�a ma�ana de Febrero hizo que mi mente pillara in fraganti a dos peque�os dobles agentes de los que ya no me f�o ni un pelo. Por un lado, descubr� a mi alma manteniendo un mon�logo consigo misma con una voz de viejo demasiado cansada... y demasiado familiar. Y, mientras tanto, mi mano - joven mano - izquierda describ�a en el aire - la locura ya me desborda - infinitos c�rculos con la firmeza de un maldito comp�s enajenado. Desde entonces, hay un cartelito que reza, en la cabecera de mi cama, un peque�o latiguillo al que incluso rezo cuando me siento poco cristiano: "Psiquiatras, abstenerse"
|
|
Enviar correo electr�nico a [email protected] con preguntas o comentarios sobre
este sitio Web.
|