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Oscar miró su reloj por enésima vez. Pasaban dos minutos de la hora fijada para el inicio del examen, y en su agitada mente ya había tenido tiempo de asesinar cruelmente a toda la plantilla del Departamento de Economía Aplicada de Sarriko 14 veces y de 14 formas distintas. Sudando con saña hasta el insudable café de la cafetería, tratando de aclarar unos conceptos sujetos con pinzas que parecían haberse caído en los baches de Altube, no pudo evitar la tentación de dar un par de tientos al bote de Tippex ante la aterradora escena de Don Formulario Cateador entrado en el aula a cámara lenta... Raquel preguntó la hora por enésima vez. Rezando hasta en árabe al insigne patrón de los asediados, manoseó esos malditos apuntes de psicología que siempre aparecen a última hora y que, ante tanta torpeza de aficionada, no dudaron en darse un alegre garbeo por el suelo de un lugar de Deusto de cuyo nombre... (eso, eso). Rafa clavó la mirada en el reloj del aura por enésima vez. Sacándose las tabas de su mano derecha con el ansia que un tenista aplica a las cuerdas de su raqueta, no pudo evitar comentar en voz alta la elegancia del escaso margen que separaba a la más que tardona catedrática de Química con la cosa esa del eslabón perdido. Elena golpeó incrédula su reloj por enésima vez. Buscando la sexta esencia del capuchón de algo parecido a un bolígrafo, aceleró su succionante acción cuando pasó por su mente la imagen de lo que haría con los sesos del megapelmazo aquel de los cuadernillos de preguntas, ese que no cesaba de repetir la impresentable máxima filosófica aquella de "cada uno que ponga su nombre". A Paco le pareció oír por enésima vez las campanadas del reloj de la iglesia de su pueblo, cuando su profesor de periodismo libre les dictó el tema del examen; redactar una parábola breve y leve sobre los problemas humanos y sus connotaciones sociales. Cuando ya pensaba, harto de tanta coña chorra del Departamento de Periodismo, en contraatacar paraboleando con la sofismática burrada aquella que decía aquello de que "la ósmosis de la praxis no es lo mismo que la entelequia reciclada del guarismo inapetente", recordó repentinamente cierta gracia que cierto humorista había comentado en cierta emisora de cierta frecuencia obturada, y concentrándose al máximo, se esforzó en recordarla justo en el momento en el que Oscar, Raquel, Rafa y Elena comenzaban a perderse en sus exámenes... Días más tarde, cinco universitarios acudían tarde a su enésima revisión de examen. Preguntándose el porqué del porqué de tanta manía persecutoria por parte de un profesorado al que siempre habían creído incapacitado incluso para sorprenderles, arremetieron con sus cientos de curtidos argumentos: cáncer imprevisto de la madre, prehistórica convocatoria, buenas intenciones, ausencia de antecedentes penales, foto del perro, dientes de leche... hasta graciosísimas cartas de recomendación firmadas, cómo no, por incondicionales abuelas. Pero, como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes: los cinco pencos - peritas en dulce, vamos - habían sido inapelables, pasmosamente irrecurribles, tan difíciles de encajar como de explicar sus causas: Paco había realizado su parábola, sí, pero rimando conceptos de economía con una especie de psicología aplicada a los enlaces químicos de las tablas de Economía, algo inconcebible para una imaginación tan corta y poco certera. Pero quizás fue más curiosa si cabe la historia la historia de los otros cuatro. Porque todos habían narrado, cada cual en su estilo, una cochambrosa parábola enajenada y anónima que contaba la historia de un pequeño pájaro que, habiendo comenzado tarde su emigración a los cálidos países del Sur, se había visto sorprendido por el frío. Y de cómo, mortalmente aterido, había caído al suelo para aguardar la muerte, hasta que una simpática vaca que por allí pasaba le echó, tal y como suena, una enorme mierda encima, con lo que el pájaro, revitalizado por su calor, pudo recobrar el conocimiento, la vida y la esperanza. Y de cómo, asomando la cabeza, pió con fuerza y casi con agradecimiento, consiguiendo con ello que un hambriento gato que por allí también pasaba lo viera, atrapara... y bueno, ya sabemos lo que los gatos de cuento hacen con los pájaros, por muy protagonistas que fueran y por muy untados de mierdas que estén. La moraleja, tal y como el hábil lector observará (¡pero hombre, no te gires, que es a ti!) está servida: ni todo el que te mete en la mierda es tu enemigo, ni todo el que de ella te saca es tu amigo, aunque, como toda parábola, habría que publicar periódicas y necesarias revisiones. Y bueno, esta es la historia... esta es la historia que Oscar, Raquel, Rafa, Elena y Paco contaron en casa cuando llevaron el enésimo suspenso. Y ya metidos en faena, terminaremos moralejeando (si es que así se dice): Algunas personas, con esfuerzo y pasión, han conseguido con esmero tener la cara... de duro hormigón.
Y lo de siempre: el que no se consuela es porque no quiere.
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