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El viejo Shelton trató de apartar la cara del suelo, pero no pudo más que girarla hacia un lado. Tosiendo y escupiendo la sangre que acababa de tragar, haciendo un desesperado esfuerzo por no aplastar el bulto que escondía bajo su camisa, el anciano judía exhortó a la totalidad de su plantilla muscular a que se ganara el sueldo levantándole de una maldita vez. El trastazo contra el muro de la escuela había alborotado todas sus nociones de realidad, pero la cabeza aún insistía en mantener su forma original. Gimiendo de dolor por un brazo que ya no respondía a nada, colgado de unos sentidos que no habían mudado el sitio de milagro tras la violenta sacudida, levantó el otro brazo en un automático intento de parar un nuevo golpe que su instinto acusaba inminente. El bate zumbó en el aire, barriendo un ambiente cargado de risas, insultos, buscando carne y encontrando sangre, hueso, calor... vida. - Judío de mierda... todavía quiere levantarse, ¡Dale otra vez! ¡Dale! Con los dos brazos finalmente rotos, sacando fuerzas de una rabia seca y resignada que había recibido tajantes órdenes de echar una mano en los miembros que aún funcionaban, Shelton estaba apretando algo más que los dientes para poder - y conseguir - levantarse y aspirar un poco más de aire. Frente a él, la flor y nata de una juventud de aniñadas cabezas rapadas con ropas sacadas del baúl de los malos recuerdos, armados con bates, oscuras almas, futuros acomodados, decididos a deslizarse por la fácil ladera de una identificación violentamente atractiva, muy sencilla de asimilar. Carne de psiquiatra para unos, de patria para otros... de presidio para casi todos. Pero, en definitiva, carne de odio para Shelton, un odio dirigido a él, un odio sin más remitente que una causa sin causa, sin más miramientos que los justos para no equivocarse el escoger víctima, culpa inmediata y sentencia sumarísima. El tercer batazo no hizo diana; Shelton ya estaba en pie, y había conseguido ajustar sus torpes tambaleos para esquivar el golpe. Llorando, dolido, sangrando y sudando incluso con todo lo que sentía, lanzó una última mirada rápida y certera a su frente, atisbando allí una pequeña oportunidad. Y sin mediar más que una fugaz mueca de decisión, disparó su enorme cuerpo cuesta arriba, con todo lo que daban sus piernas. Los agresores saludaron divertidos: aquello garantizaba un poco más de diversión. Dándole un lúdico margen de metros, el viejo judío aún podía dar juego a aquella "sana" cacería. Y abonándose al enésimo chute de lo que fuera, aguardaron unos instantes. Pero Shelton estaba lejos de querer escapar. Doblando la esquina de la escuela, ya ni se sorprendió ante la masiva rendición total de su cuerpo, porque ya había conseguido lo que quería: un poco de tiempo prestado. Cediendo al fin, las exhaustas piernas de Shelton fallaron por primera y última vez. Ya tan sólo su corazón, su recuerdo y su cariño por una vida que abandonaba, movían con rabia obstinada sus rotos brazos. Shelton no quería salir por la puerta trasera, maldita sea, le quedaba algo por hacer antes de que le impusieran un punto final al libro de su vida... y lo iba a lograr. Sacando una pequeña caja agujereada de entre los bajos de su camisa, y abriéndola con cuidado, el anciano usó las últimas fuerzas en liberar lo que en un principio no parecía más que un ridículo boliche de plumas. Acariciándolo, mimándolo por última vez, Shelton procedió a quitar la minúscula venda que atenazaba un ala del ave. Y sonriendo, Shelton cerró los ojos, y abandonando la consciencia por última vez, suspiró: - Vamos, pajarillo..., vuela; vuela y no mires atrás. El cielo es tuyo y te espera... Aturdido, torpe al principio pero más decidido al ver extendidas sus pequeñas alas, el pequeño pájaro inició un pequeño baile de saltitos, se volvió hacia el abatido anciano... y pió con todas sus fuerzas. Una vez, dos veces... La tercera fue espantada. Y no miró atrás. Ajeno a gritos, golpes, chillidos, el pequeño animal subió, y subió, hinchando sus pulmones de alegría, gozo... libertad, dejando atrás un mundo presa de sus propias libertades, abominable, terrible e injusto, tenaz y patético, triste, bobo, ridículo, cruel... pero con gente como Shelton. Libre de todo, presa de nada, el pajarillo se posó sobre una rama de olivo... y volvió la vista atrás. ... Hace un tiempo, en una mañana cualquiera de esos sábados tontos cualquiera que todos tenemos, una perdida foto alteró mi tranquilo desayuno. No era más que otra foto sin historia, sin color siquiera, en la que un viejo aparecía tumbado, muerto, rodeado de pintadas radicales, víctima del enésimo apaleamiento-linchamiento. El lugar, que yo recuerde, me pareció lo de menos, las razones, como siempre, lo de más. Porque lo que llamó poderosamente mi atención era lo que a aquella foto le faltaba: una historia. Su historia. Había algo que no encajaba, no sé, no me parecía justo aquel forzado anonimato, aquel gris y sobre todo lacónico punto final. Así que escribí esta historia. La verdad, no sé si el viejo se llamaba Shelton, o si la historia copia de casualidad siquiera alguna coma de lo descrito. Pero no me importa. Sólo sé que fue un presentimiento que amaneció en mi conciencia, disfrazado de inspiración, y que dictó de alguna forma este relato. Sin embargo, después, mucho tiempo después, la misma foto, ampliada y esta vez en color, apareció en un suplemento cualquiera, en uno de esos domingos tontos cualquiera que todos tenemos, y al contemplarla más detenidamente sentí cómo mi alma se estrujaba, estremecía y tiritaba de emoción hasta la última gota de su esencia. Porque allí, nítidamente, se podía ver, junto al cuello del anciano caído, una sucia cajita agujereada... Y al lado, yo diría inerte, sosteniendo en su pico una verde rama - ¿olivo? ¿es eso olivo? -, un pequeño pájaro de pobre estampa pero (aunque quizás sólo para mí) enorme, inmenso... y humano corazón.
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