Pincha para ver esta obra de arte ampliadaLa canción de un recuerdo Pincha para ver ampliada esta maravilla del arte

"Tengo que olvidarte... siguiendo la ruta del pájaro herido... tengo que olvidarte... me paso los días pisando y contando las hojas caídas...". La canción continúa, pero su letra se pierde en un sentido tarareo, en un melancólico musitar de notas dulces, tristes y pegadizas. Casi sin proponérmelo, me vuelvo hacia el anónimo cantante, raptado de mi lectura por una curiosidad de extraño sorprendido y medio complacido.

Sentado junto a mí, ajeno a mi presencia, un enorme anciano de pelo cano y tez morena silva despreocupadamente una bonita melodía que se torna romántica cuando retoma y reza de nuevo el estribillo: "Tengo que olvidarte...". Frente a él, un barullo de palomas llena la escena con frenéticos aleteos en busca de un lugar bajo la lluvia de migajas con que el anciano obsequia a su improvisado público. Embebido, contemplando con total despreocupación a su auditorio, con una mirada lejana y cansada, fija y muy distante, no puedo evitar estremecerme un poco al ver una lágrima surcando su rostro. La canción prosigue, pero se detiene bruscamente cuando la salada gota alcanza la boca.

"Viejo bobo...", musita, limpiándose y sonriendo con ganas. Un tanto aliviado, imito su gesto y vuelvo sobre Tolkien, pero ya no puedo concentrarme en su lectura. Vuelvo las páginas atrás, pero todo parece repentinamente olvidado. Sacudiendo la cabeza, cierro los ojos, reúno un poco de coraje para buscar el hilo perdido y volver a intentarlo...

"Marcián Vallejo Montes... servidor". El murmuro ha sido casi imperceptible, pero mi atención lo ha captado casi con anticipación. Con un cortés saludo presto en la punta de la lengua, me vuelvo de nuevo hacia él, pero las palabras se quedan en la boca; es evidente que, aunque sus enormes manos siguen echando mecánicamente migas de pan y su penetrante mirada sigue clavada en el plumífero auditorio, su ser, su alma, se encuentra lejos, muy lejos. Anclado en una perdida parte de su historia, como si se tratara del mismísimo Ulises en mitad de su jubilación y fuera de su tiempo, el anciano da visible rienda suelta a una súbita nostalgia, a una historia particular sobre un sueño perdido.

"Tengo que olvidarte..."

Y el relato comienza. Suave, sin estridencias, el viejo trovador se deja llevar por el propio peso de un episodio de su vida que, incluso desde mi pobre perspectiva, se antoja único, como marca imborrable de una ilusión, de un amor grande, verdadero, increíble, que una vez nació, ardió... y murió. De uno de esos maletines de viaje que todos tenemos y del que, como aquel anciano, siempre guardamos alguna etiqueta.

Poco a poco, a medida que avanza en su monólogo, la voz del viejo va perdiendo fuerza, y sus manos se detienen. Las palomas se alejan, excepto unas pocas que, quizás como yo, están atrapadas por algo tan simple como una bonita historia, que avanza y avanza... Da la impresión de estar justificando, sin quererlo, toda una vida, pero la forma en que lo centra en aquel amor perdido hace que suene a cariñosa despedida y que incluso mi corazón haga propia esa dolorosa crónica...

El reloj de San Miguel suena lejano y amortiguado, como disculpándose por recordarme que debo marchar. Tan sólo llevo media hora escuchando, pero estaría gustoso el resto de mi vida.

"Tengo que olvidarte..."

Por un momento, atrapado por la historia de aquel hombre, doy con él una rápida vuelta al mundo, a su mundo, dejándome llevar por la fuerza de una infinita ilusión gastada y desperdigada por todos esos rincones que nunca podré ver. Y cuando, finalmente, las palabras mueren en su boca y la historia se queda palpitando en sus labios, me vuelvo a estremecer ante la aparición de otra lágrima... pero esta vez en mi mejilla, como el sutil reflejo de un alma - la mía - asomada al mundo.

"Crío bobo...", murmuro, levantándome de mala gana. El anciano se ha quedado dormido, así que opto por no despedirme... ¿de quién?, me pregunto con sorna; y finalmente encamino sin más mis pasos hacia el sendero principal del parque de La Florida.

De repente, tengo la sensación de que alguien se ha acercado al banco y toma de la mano al viejo pero, volviéndome, mi vista no reproduce ni palomas, ni viejo... tan sólo el resto de una sombra que se desvanece rápidamente ante mis narices.

Atontado, alelado y completamente alucinado, doy un torpe paso atrás. El instinto me insta a sacudir rápidamente la cabeza, a sacarme de este lío al que mi calenturienta imaginación parece haberme llevado, pero todo instinto estabilizador acaba por escaparse a través de los quicios de mi razón sin que ésta sepa a qué carta atenerse.

Así que indignado, culpando al tenue sol que acaricia a mi querido parque Vitoriano, musitando agresivas referencias al inventor de la insolación, tomo con altanería y total - pero camuflada - indisposición el sendero principal. Incluso trato de silbar, pero mi sentido del ridículo me obliga a desistir.

Y aquí estoy, en el autobús que me lleva a la Facultad, retomando un estúpido escrito que se me tuerce por todas partes. Mi compañero me mira de soslayo; me consta que me toma por un neurótico de esos solubles a la taza, pero es que hace unos minutos que he pasado zumbando por la frontera de mi cordura, sin que nadie me haya dado el alto, y he terminado alunizando aquí, en esta interminable línea, justo en el momento en el que la emisora local anuncia su primera canción dedicada de la mañana:

 

- "A Marcián Vallejo Montes, de sus amigas del parque, la canción de Simeone 'Tengo que Olvidarte'..."

 

 

 

 

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Última modificación: 20 de marzo de 2000