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Abuelo:

Tenías que haberlos visto, con sus miradas rotas de ilusión, inquietud... y bochornos pasajeros. Paparazzis de poca monta, pistoleros baratos de instantáneas tan compulsivas como histéricas, creo que no dejamos títere sin cabeza retratada en los pocos metros que separaron el avión del autocar. Ajenos a todos los postularios y corolarios de la Ley de Murphy sobre turistas descarriados, desembarcamos en Salvador de Bahía con una gracia y estilo que para sí hubieran querido las huestes de Eishenhower el ínclito día D.

Y ahora, con un mundo de recuerdos enlatados en 7 días de sabores, olores (¡) y sensaciones, encadenados - más que ordenados - en el más tenso chip de mi memoria, no puedo evitar dejar caer pequeños flashes reflejados en las astillas de mi nostalgia: desde nuestro guía aliñando una mafiosa ensalada de tortas hasta dos de nosotros dormidos en una playa minutos antes de la partida del avión, pasando por infinidad de sustos, cuelgues, desvelos y más de una neurona untada en caipirinhas y caipirosas.

Clamaría al cielo, abuelito, que se traspapelara de mi más querido archivo retazos como el de mi compañero de habitación vendiendo su camiseta al hippie más pintado, o al "marcianito número once" adaptando su versión del paso de la oca al funky más encorsetado del "Black Bahía", o a aquella inquieta correteando alegremente por la playa posiblemente más larga del mundo.

Ojalá hubieras estado allí, abuelo, ahora que sé que seguramente ya lo hayas visto desde allí arriba, para oler cada detalle y compartir cada risa, que nunca son como se cuentan ni se cuentan como son, ya que siempre son mejores.

No sé cómo contarlo, porque ni siquiera sé cómo ocurrió, y hay veces en las que creo que no he vuelto del todo y que algo me he dejado allí, pero es que poco dejamos sin hacer: dar cabezazos a las rocas de ríos y mares, conducir pateras y taxis, despeñarnos por rápidos sin barca ni remos (pero, eso sí, con la cabeza bien alta), perdernos, emborracharnos, gastar bromas pesadas y regatear casi hasta que nos dimos vaga cuenta de que ya estábamos otra vez en España.

Queríamos ir, y nada más llegar los había que se querían volver. Luego nos queríamos quedar para siempre, para luego querer regresar para no volver y, volviendo, desear volver a ir o no haber vuelto o no haber ido para no haber vuelto o regresar para no volver y desear volver para desear no haber ido... un lío, abuelo, del que sólo tú sabías sacarme cuando volvía de mis viajes y que ahora, con tanta maldita lluvia en forma de tiempo pasado, y un tanto dormido, me deja frío y lelo, pensando en mis compañeros de viaje, tan lejanos... y tan cercanos, mezclados en mi recuerdo con caras de sueño, alegría, morenos hasta en la foto del pasaporte, atiborrados de cosas para contar pero sin un jodido modo de hacerlas coherentes hasta para el más inútil de los mortales.

Sin embargo, abuelo, la verdad es que tampoco creo que les importe mucho, porque tendrías que verlos ahora, o mejor fijarte en su mirada. Basta hundirte en ella para que sobre epílogos, nudos y desenlaces, para que sueñes, otra vez, que vuelves a Brasil con ellos, les coges de la mano y les susurras al oído:

- Dime, ¿merecía o no merecía la pena?

 

 

 

 

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Última modificación: 20 de marzo de 2000